más incómodo.
Shirley no soportaba mirarme durante demasiado tiempo.
Una tarde escuché que una amiga le decía:
—La niña se parece muchísimo a su mamá.
Vi cómo Shirley apretaba la mandíbula.
Yo tenía los mismos ojos.
Algunos de sus gestos.
Incluso la misma forma de sonreír.
Y poco a poco empecé a sentir que Shirley no quería simplemente ocupar un lugar en nuestra casa.
Quería que olvidáramos quién había estado ahí antes.
Tres meses antes de mi graduación comenzó a interesarse demasiado por mi habitación.
—Deberíamos organizar tu clóset.
—Está