poco comenzaron a reconstruir su vida.
Un domingo, Margaret llevó a Lucy a la magnolia.
La niña observó la placa con su nombre.
—¿Por qué pusiste esto aquí?
Margaret comenzó a llorar.
—Porque pensé que te había perdido.
Lucy tomó su mano.
—Ahora sabes que no.
Margaret miró la magnolia.
Durante dos años había visitado aquel lugar para despedirse de su hija.
A partir de ese día, iría allí para agradecer que la vida le hubiera concedido una segunda oportunidad.
Y jamás volvió a confiar ciegamente en alguien que dijera