El asiento vacío en el funeral de Richard Mitchell

como si nunca hubieran existido. Su reputación, cuidadosamente construida sobre apellidos y cifras, se resquebrajó frente a los reflectores.

Por primera vez en su vida, Thomas no tenía nada detrás de lo cual esconderse. Ni fortuna. Ni influencia. Ni el espejismo cuidadosamente pulido que lo había protegido siempre.

Retiró la demanda.

Una mañana cualquiera, apareció en casa de Eleanor. No llevaba traje impecable. No traía puesta esa sonrisa artificial de siempre. Estaba, simplemente, cansado.

—Victoria se fue —le dijo, casi sin mirarla.

Eleanor asintió con dulzura, sin reproches.

—Tenías razón —