Mi esposo se rio cuando mi madre de 75 años dijo que llevaba meses con un ardor terrible en el estómago: “Solo quiere que gastes dinero en ella”. La llevé al hospital a escondidas. Cuando el médico vio la tomografía, cerró la puerta y me mostró una cápsula metálica dentro de su cuerpo. Minutos después llegó mi esposo. Miró la pantalla, se puso blanco y, sin preguntar qué era, ordenó: “Apáguenla”.

Javier intentó acercarse al monitor.

El guardia lo tomó del brazo.

—No toque nada.

—¡Suélteme! ¡Esa cápsula es mía!

Nadie dijo una palabra.

Javier abrió los ojos.

Había entendido demasiado tarde lo que acababa de admitir.

Lo miré.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por confesar.

Una enfermera que estaba junto a la puerta tenía el celular levantado.

Había grabado todo.

Minutos después llegó una ambulancia para trasladar a mi madre a un hospital con cirugía especializada.

Antes de que se la llevaran, me jaló de la manga.

—En mi casa hay una