Javier intentó acercarse al monitor.
El guardia lo tomó del brazo.
—No toque nada.
—¡Suélteme! ¡Esa cápsula es mía!
Nadie dijo una palabra.
Javier abrió los ojos.
Había entendido demasiado tarde lo que acababa de admitir.
Lo miré.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por confesar.
Una enfermera que estaba junto a la puerta tenía el celular levantado.
Había grabado todo.
Minutos después llegó una ambulancia para trasladar a mi madre a un hospital con cirugía especializada.
Antes de que se la llevaran, me jaló de la manga.
—En mi casa hay una