Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

PARTE 1

—¡Quiero que lo cremen antes del mediodía! Y nada de autopsias. Mi marido está muerto y no pienso permitir que nadie retrase el funeral.

Escuché esas palabras mientras permanecía acostado sobre una mesa metálica, cubierto con una sábana blanca y con una etiqueta de difunto amarrada al tobillo.

La mujer que acababa de hablar era Leticia, mi esposa desde hacía menos de doce horas.

Y yo estaba vivo.

Me llamo Arturo Mendoza, tengo 46 años y soy dueño de una pequeña empresa de perforación de pozos en Guadalajara.