PARTE 1
Me enterraron un miércoles en el Panteón Municipal, en el lote 18, a cajón cerrado y bajo una lluvia que parecía querer lavar la culpa de todos los presentes. Mi esposo arrojó un puñado de tierra húmeda sobre la madera, mientras mi madre se desvanecía, cayendo de rodillas en el lodo. Mi hijo de once años estaba allí, quieto, envuelto en una chamarra que le quedaba grande y que no era suya. No derramó una sola lágrima, porque esa misma mañana le habían dicho que “los hombres de