Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

verdad no lloran”. Lo sé con tanto detalle porque me lo contaron después. En ese exacto momento, yo estaba acostada a ciento veinte kilómetros de distancia, en la clínica rural del pueblo de San Marcos, con una etiqueta de cartón atada al dedo gordo del pie que decía: “Femenina Desconocida, aprox. 30 años, traída por pescadores”. Me llamo Valeria, tengo 36 años, y hoy les voy a contar cómo sobreviví a los nueve días en los que estuve legalmente muerta.

Todo comenzó por culpa de un autobús de pasajeros. Era