Durante años, mis padres me dieron por muerta para quedarse con la herencia de mis abuelos. En el juzgado oí a mi madre declarar: “Ya no tenemos esperanza de encontrarla”. Entré sin decir una palabra y entregué mi identificación. Todos se quedaron helados, pero el juez aún no había visto la firma imposible que aparecía en el expediente.

PARTE I. La hija que debía estar muerta
—Señora Pérez, ¿está usted diciendo bajo juramento que su hija está muerta?

Mi madre ni siquiera pestañeó.

—Sí, señor juez. Mi Alejandra murió hace años. Ya no tenemos ninguna esperanza.

Yo estaba de pie junto a la puerta del juzgado, a menos de diez metros de ella, escuchando cómo enterraba mi nombre delante de desconocidos. Llevaba un abrigo oscuro y una carpeta bajo el brazo. Había viajado toda la noche para llegar a Querétaro, pero no sentía cansancio. Solo aquella presión en