el pecho que aparece cuando una persona a la que quieres hace algo tan cruel que tu cabeza se niega a aceptarlo.
Mi padre, Roberto Pérez, se secó una lágrima que no había llegado a caer. A su lado, mi hermana Blanca acariciaba el teléfono escondido debajo de la mesa. Parecían una familia destrozada. Y quizá eso fue lo que más me revolvió el estómago: lo bien que habían ensayado su desgracia.
—¿Y está segura de que hizo todo lo posible por localizarla? —insistió el juez.
—De todo —contestó mi