esperando afuera.
También había un notario que Fernanda había llamado para documentar la presentación de los papeles.
Entré.
Rodrigo estaba de espaldas.
—Como pueden ver —decía—, Valeria me otorgó facultades suficientes para…
—¿Para qué?
Se quedó inmóvil.
Toda la mesa guardó silencio.
Rodrigo giró lentamente.
Nunca olvidaré su cara.
Primero incredulidad.
Después miedo.
Finalmente, cálculo.
—Valeria.
—Hola, Rodrigo.
Se puso de pie.
—¿Cómo llegaste?
Dejé mi bolso sobre una silla.
—En avión.
—No tenías pasaporte.
—Correcto.
—Ni teléfono.
—También correcto.
Miró hacia la puerta, después a Fernanda.
—No entiendo.
Me