acerqué a la mesa.
—Ese ha sido tu problema desde el principio.
Tomé la supuesta autorización.
—¿Esta es mi firma?
Rodrigo recuperó parte de su arrogancia.
—Tú sabes lo que hablamos.
—No pregunté qué hablamos. Pregunté si afirmas que esta es mi firma.
Nadie respiraba.
—Sí.
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Asentí.
—Perfecto.
El abogado de la empresa abrió una carpeta.
—Para que conste, la señora Navarro se encontraba en Phuket cuando este documento supuestamente fue firmado en Ciudad de México.
Rodrigo parpadeó.
—Eso puede demostrarse.
—No significa nada.
—También tenemos los registros del