taza quedó suspendida frente a sus labios.
Solo medio segundo.
Pero lo vi.
—No sé de qué hablas.
—No te pregunté si sabes de qué hablo.
Me acerqué.
—Te pregunté si Elena vino aquí embarazada.
Mi madre dejó la taza.
—Estaba muy alterada.
Sentí que las piernas se me aflojaban.
—Entonces vino.
—Alejandro, yo estaba protegiéndote.
Golpeé la mesa con la palma.
—¡El sobre tenía mi nombre!
—Ella quería atraparte.
—¡Era mi esposa!
—Ya estaban separados.
—¿Y eso te daba derecho a decidir qué información podía recibir?
Beatriz guardó silencio.