aceptó encantado porque pensaba que yo tenía algunos ahorros familiares y una pequeña cartera de inversiones.
Lo que jamás entendió fue que una empresa de Cárdenas Capital era propietaria de la casa donde vivíamos.
Otra arrendaba la camioneta que presumía como suya.
Y cuando su pequeña constructora estuvo a punto de quebrar 4 años atrás, varias subsidiarias nuestras comenzaron a contratarla.
Aquellos proyectos salvaron su negocio.
Rodrigo creyó que su éxito había llegado únicamente por su talento.
Yo preferí dejarlo creerlo.
Al principio pensé que proteger su orgullo era una