En el funeral de mi hija de 6 años, escuché un susurro desde su ataúd blanco: —Mamá, no dejes que papá me vuelva a dormir. Levanté la tapa y la encontré viva, amarrada y con marcas de agujas en los brazos. Entonces mi suegra gritó: —¡Cierren ese ataúd! La cremación empieza en 20 minutos.

le ponías las inyecciones.

Levantó la cabeza.

—Valeria…

—Me dijo que intentaba no llorar porque tú le prometiste que si era una niña buena despertaría en un lugar mejor.

Julián se quebró.

—Yo amo a mi hija.

Sentí algo frío dentro del pecho.

—No vuelvas a decir eso.

Me miró.

—Una persona que ama a su hija no la seda durante días. No la encierra. No le enseña a tener miedo de su madre. Y no espera tranquilamente mientras preparan un horno para borrar su cuerpo.

Bajó la mirada.

Entonces