Sin cinturón.
Sin aquella arrogancia con la que me había mirado durante 3 años frente a jueces y abogados.
—Valeria…
Me senté.
—¿Por qué?
Comenzó a llorar.
—Yo no quería que llegara tan lejos.
—Amarraste a nuestra hija dentro de un ataúd.
—Mi mamá dijo que solo necesitábamos tiempo.
—La iban a quemar viva.
Se cubrió el rostro.
—Debía más de 18 millones de pesos. La empresa estaba destruida. Ernesto iba a denunciarme. Si conseguíamos acceso temporal al fideicomiso podía arreglarlo.
—¿Arreglar qué?
No respondió.
—Sofía me contó que tú