En el funeral de mi hija de 6 años, escuché un susurro desde su ataúd blanco: —Mamá, no dejes que papá me vuelva a dormir. Levanté la tapa y la encontré viva, amarrada y con marcas de agujas en los brazos. Entonces mi suegra gritó: —¡Cierren ese ataúd! La cremación empieza en 20 minutos.

Sin cinturón.

Sin aquella arrogancia con la que me había mirado durante 3 años frente a jueces y abogados.

—Valeria…

Me senté.

—¿Por qué?

Comenzó a llorar.

—Yo no quería que llegara tan lejos.

—Amarraste a nuestra hija dentro de un ataúd.

—Mi mamá dijo que solo necesitábamos tiempo.

—La iban a quemar viva.

Se cubrió el rostro.

—Debía más de 18 millones de pesos. La empresa estaba destruida. Ernesto iba a denunciarme. Si conseguíamos acceso temporal al fideicomiso podía arreglarlo.

—¿Arreglar qué?

No respondió.

—Sofía me contó que tú