En el funeral de mi hija de 6 años, escuché un susurro desde su ataúd blanco: —Mamá, no dejes que papá me vuelva a dormir. Levanté la tapa y la encontré viva, amarrada y con marcas de agujas en los brazos. Entonces mi suegra gritó: —¡Cierren ese ataúd! La cremación empieza en 20 minutos.

dinero podía protegerla —dijo.

—El dinero no escucha cuando un niño tiene miedo.

Asintió.

Sofía corrió hacia nosotros.

—¡Mamá, cárgame!

La levanté.

Apoyó la cabeza sobre mi hombro.

—¿Tienes frío?

Negó.

—Ya no.

La abracé más fuerte.

Durante mucho tiempo pensé que justicia significaría verlos perderlo todo.

Después comprendí que no.

Justicia era Sofía durmiendo con la puerta de su habitación abierta porque ya no temía que alguien fuera a cerrarla.

Era verla dejar comida en el plato porque sabía que habría desayuno al día siguiente.

Era escucharla reír cuando