sonaba el timbre.
Era verla extender el brazo frente a una enfermera sin pensar que una aguja significaba castigo.
Todavía tiene pesadillas.
Yo también.
Pero cada mañana abrimos juntas las cortinas.
Dejamos entrar la luz.
Y seguimos.
Porque después de todo lo que intentaron quitarnos, entendí algo que jamás volveré a olvidar.
Mi hija nunca tuvo que demostrar que merecía ser salvada.
Solo necesitaba que alguien creyera en su voz antes de que fuera demasiado tarde.