Después de que mi esposo falleció, una dolorosa conversación familiar reveló un consuelo inesperado

en la forma en que aprendimos a querernos gracias a él.

Quizá el consuelo inesperado fue descubrir que la muerte había cambiado su presencia, pero no había conseguido borrar su huella.

El duelo me enseñó algo que antes no comprendía: a veces sanar no consiste en dejar de extrañar a alguien.

Consiste en aprender a llevar ese amor de una manera nueva.

Y, después de aquella dolorosa conversación familiar, comprendí que no tenía que hacerlo sola.