mientras la cubría con su propia chamarra, Javier entendió que no había estado viendo a un empleado irresponsable. Había estado viendo solamente la parte de Daniel que llegaba tarde.

La otra parte llevaba tres meses levantándose antes que todos, bajando a una mujer de 68 años por una escalera porque el elevador de su edificio llevaba 12 días descompuesto, preparando medicamentos, haciendo el desayuno, ayudándola a vestirse y después corriendo al trabajo con la camisa todavía húmeda.
Y Daniel nunca había pedido que lo perdonaran por eso.
Ni siquiera había