durante tantos días.
No era una prueba.
No era un documento.
No era una explicación que pudiera borrar los retrasos.
Era una promesa.
Y la promesa había cambiado de manos hacía mucho tiempo.
Primero había sido Carmen quien cuidó de Daniel.
Después fue Daniel quien cuidó de Carmen.
Y, por unas horas, bajo una lluvia que no perdonaba a nadie, Javier había tenido que decidir si iba a seguir viendo solamente un expediente de asistencia o si iba a detenerse para mirar a la persona que llevaba detrás.
Se detuvo.