cambió otra cosa.
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Porque Elena había pasado años defendiendo su lugar dentro de una empresa que también había ayudado a salvar.
Había puesto sus ahorros cuando el taller estaba casi perdido.
Su familia había contribuido.
Ella había conseguido contratos.
Había trabajado mientras criaba a sus hijas.
Y, aun así, Adela seguía hablando como si el apellido y la empresa pertenecieran por completo a los hombres de la familia.
Pero legalmente no era así.
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Elena tenía el 44 % de las participaciones.
Joaquín conservaba el 23 %.
Álvaro tenía el 33 %.