la familia se había transformado en una discusión entre adultos.
Rosa lo miró con cuidado.
—Mateo no tiene la culpa de nada de esto.
Aquello era importante.
Porque el problema nunca había sido el niño.
El problema era lo que los adultos habían decidido que su existencia significaba.
Adela había convertido a Mateo en una respuesta a una pregunta que llevaba años haciendo: quién sería el varón que continuaría el apellido, quién recibiría el anillo, quién tendría prioridad sobre una empresa que ya pertenecía a varios miembros de la familia.