el anillo de cuatro generaciones continuaba exactamente donde Álvaro lo había dejado.
Pero la familia ya no podía mirar esos objetos de la misma manera.
El recibo había demostrado algo sencillo y devastador: una niña que había sido tratada como una decepción había sido investigada en secreto y, aun así, había resultado ser exactamente lo que Adela decía defender: sangre de la familia.
La fotografía había devuelto un rostro infantil a una decisión que los adultos habían preferido mantener escondida.
Y el anillo había dejado de ser una promesa automática