Regresé para castigar a mi hija por haber desperdiciado 58,000 pesos. Pero en la escuela la encontré guardando medio bolillo para la cena. Cuando la orientadora abrió su expediente, señaló una frase y preguntó: —Señor Salgado, ¿por qué aquí dice que usted nunca le ha enviado dinero kara?

adicional para cualquier emergencia.

Nunca dejé de mandar dinero.

Pero mi madre siempre encontraba algo malo que contarme de Sofía.

—Es muy gastalona.

—No ayuda en la casa.

—Quiere ropa cara.

—Se la pasa en la calle.

—Está aprovechándose de ti porque sabe que estás lejos.

Y yo cometí el error más grande de mi vida.

Le creí.

Cuando Teresa me dijo que Sofía había desperdiciado los 58,000 pesos que envié para una computadora, compré el primer vuelo disponible.

Llegué a su preparatoria casi a la hora del almuerzo.