adicional para cualquier emergencia.
Nunca dejé de mandar dinero.
Pero mi madre siempre encontraba algo malo que contarme de Sofía.
—Es muy gastalona.
—No ayuda en la casa.
—Quiere ropa cara.
—Se la pasa en la calle.
—Está aprovechándose de ti porque sabe que estás lejos.
Y yo cometí el error más grande de mi vida.
Le creí.
Cuando Teresa me dijo que Sofía había desperdiciado los 58,000 pesos que envié para una computadora, compré el primer vuelo disponible.
Llegué a su preparatoria casi a la hora del almuerzo.