una chapa especial para el collar.
Ponía:
“El mejor amigo de Mateo”.
Mi hijo a veces la llevaba en la muñeca como si fuera un tesoro.
Se la enseñaba a las enfermeras.
A los médicos
A otros niños de la planta.
“Es de mi perro”, decía orgulloso.
A finales de noviembre llegó el día que yo llevaba meses temiendo.
Lo supe antes de que nadie me dijera nada.
Lo supe por el silencio de los médicos.
Por las miradas
Por la forma en que respiraba mi hijo.
Aquella mañana Bruno