Estaba flaco, sucio, lleno de miedo. Gruñía a todo el mundo. Yo estaba igual. Éramos dos seres rotos a los que nadie quería acercarse”.
Se pasó una mano por los ojos.
“Pero Mateo, en el parque, no vio a un hombre del que había que apartarse ni a un perro al que había que temer. Vio a dos amigos. Y me recordó que quizás yo todavía podía hacer algo bueno”.
Las semanas pasaron así.
Cada mañana Mateo preguntaba:
“¿Viene Bruno hoy?”
Y cada día Bruno llegaba.
Javier incluso mandó hacer