pude hacer nada más.
Solo sostenla
Llorar
Respirar
Al jueves siguiente la llevé al hospital.
Javier estaba en el pasillo, ajustándole el pañuelo a Bruno.
Cuando vio la chapa en mi mano, se quedó inmóvil.
“María…”
“Quiero que la lleve”, dije.
Él negó despacio
“No tienes que hacerlo.”
“Sí”, respondió. “Sí tengo.”
Me agaché frente a Bruno.
El perro me miró con aquellos ojos oscuros, tranquilos, demasiado sabios.
Le puse la chapa en el collar.
El metal sonó suave contra la anilla.
Como una campanita pequeña.
Como si Mateo hubiera