bastó con ver a Bruno junto a la cama de Mateo.
Entró despacio, miró los tubos, las máquinas, los cables, y se tumbó al lado de la cama sin tocar nada.
Solo apoyó el hocico en el colchón.
“Has venido de verdad”, susurró Mateo.
Desde aquel día no faltaron ni una sola vez.
Nunca
Ni cuando llovía
Ni cuando hacía frío.
Ni cuando Mateo estaba demasiado débil para hablar.
Bruno se quedó horas junto a mi hijo.
Cuando el dolor se hacía más fuerte, se acercaba y respiraba despacio.
Mateo