escuchaba aquella respiración profunda y se calmaba.
Javier se sentaba en la silla de plástico junto a la cama durante tardes enteras.
Era demasiado grande para aquella silla.
Las rodillas casi le tocaban el pecho.
Pero nunca se quejaba.
Cuando Mateo no tenía fuerza para comer solo, él le ayudaba con el yogur.
Cuando no podía sujetar un libro, Javier le leía cuentos.
Cuentos de mar
De montañas
De perros valientes
Había una ternura en aquel hombre que me rompía el corazón cada vez.
Una noche, cuando Mateo por fin