era para los invitados.
Era para mí.
Me estaba recordando que esperaba mi firma.
Después me entregó el micrófono.
—Di algo, amor.
Caminé hasta el centro del salón.
Casi 60 personas me miraban.
Javier sonreía detrás de mí.
—Antes de brindar por otros 10 años, necesito contarles algo.
Su sonrisa desapareció.
Me quité el sombrero.
El salón quedó en silencio.
Mi suegra se llevó una mano a la boca.
Mi cuñada Natalia, que estaba sentada cerca del escenario, se levantó de golpe.
—Andrea…
Levanté la tarjeta blanca.
—Esta mañana desperté