óseo obligó a los médicos a amputarme la pierna por encima de la rodilla.
Todavía recuerdo despertar en aquel hospital de Guadalajara, mirar debajo de la sábana y gritar llamando a mi mamá.
Teresa llegó horas después.
No me abrazó.
No lloró conmigo.
Se quedó observando el espacio vacío bajo la sábana.
—¿Y ahora qué vamos a hacer contigo?
Desde ese día dejé de ser su hija y me convertí en algo que había que esconder.
Mientras Valeria iba a clases de ballet, estrenaba vestidos y celebraba cumpleaños enormes, yo