cabía en 2 escritorios.
Ahora dirigía una firma de inversión inmobiliaria con proyectos en Ciudad de México, Querétaro y Monterrey.
Y mis padres estaban frente a mí pidiéndome 20 millones para salvar otra vez a la misma hija por la que me habían sacrificado.
Caminé hasta el elevador privado.
—Váyanse.
Mi madre apretó los dientes.
—Si Valeria termina en prisión, será por tu culpa.
Las puertas se abrieron.
—No, Teresa. Será por lo que haya hecho Valeria.
Esa noche contraté a un investigador privado.
No porque quisiera ayudar a mi