la casa sin anunciarse.
Fue directamente al dormitorio.
Sacó un frasco ámbar.
Aplicó un líquido sobre mi funda.
Se fue en una camioneta gris con una mujer al volante.
Después me escribió como si estuviera preocupado por mi salud.
Y, cuando supo que quizá no abriría la farmacia, quiso saber dónde estaban las llaves.
La secuencia era demasiado precisa para ignorarla.
Pero Inés insistió en algo.
No debíamos convertir una sospecha en una acusación antes de tener los hechos suficientes.
Por eso me pidió que empezara por algo mucho más