tuve fuerzas para discutir.
Llegué a casa, dejé el celular sobre la mesa y me acosté un rato en el sofá.
Pensé dormir unos minutos.
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Nada más.
Entonces escuché abrirse la puerta.
Por un instante creí que Sergio había regresado antes.
Pero no dijo mi nombre.
Tampoco dejó las llaves en el mueble.
No entró arrastrando una maleta ni hizo ninguno de esos ruidos cotidianos que yo reconocía después de años de vivir con él.
Caminó despacio hacia el dormitorio.
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Me incorporé apenas.
Desde detrás del sofá podía