ver una parte del pasillo.
Entonces Sergio sacó un frasco ámbar de la chamarra.
No lo había visto antes.
Retiró mi almohada.
Dejó caer varias gotas sobre la funda.
Después apoyó la palma y extendió el líquido justo sobre la zona donde descansaba mi cara.
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No estaba improvisando.
Eso fue lo primero que entendí.
Lo estaba colocando con cuidado.
Como si supiera exactamente dónde debía quedar.
Guardó el frasco.
Volvió a salir del dormitorio sin decir una palabra.
Esperé casi un minuto antes de moverme.
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No corrí hacia