la puerta.
No lo enfrenté.
Me acerqué a la ventana y lo vi subir a una camioneta gris.
Una mujer morena con lentes grandes estaba al volante.
Sergio ocupó el asiento del copiloto.
La camioneta se alejó.
Minutos después, mi celular vibró sobre la mesa.
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Era él.
«¿Cómo sigue mi enferma favorita? Espero que estés descansando».
Leí el mensaje dos veces.
La fiebre seguía ahí, pero la náusea que sentí ya no tenía que ver con la enfermedad.
No le dije que lo había visto.
Me puse unos guantes