pequeña.
Solo decía:
“Mamá, cuando todo esto pase, quiero que recuerdes algo.”
La abrí.
“Los niños no necesitan una abuela perfecta.
Necesitan una abuela que nunca deje de elegirlos.”
Lloré durante mucho tiempo.
Porque eso era exactamente lo que yo había hecho.
Elegirlos.
Cada día.
Cada mañana difícil.
Cada noche de miedo.
A los setenta y un años pensé que mi vida estaba terminando cuando perdí a mi hija.
Pero ella me enseñó algo antes de irse.
A veces la vida no nos pide empezar de nuevo porque nos castigue.