no.
Sofía se acercó a la mochila.
—Mi mamá manda mucho.
Mauricio soltó una carcajada.
—Eso lo recuerdo perfectamente.
Lo fulminé con la mirada.
Las niñas rieron.
Algo dentro de mí se aflojó.
No porque hubiera olvidado.
No porque lo hubiera perdonado.
Sino porque, por primera vez, el momento no pertenecía al pasado.
Pertenecía a ellas.
Durante las siguientes semanas Mauricio apareció cada domingo.
Aprendió que Camila odiaba el jitomate.
Que Sofía necesitaba llevar un conejo de peluche a todas partes.
Que Valentina hacía preguntas capaces de poner nervioso a