que lo conocía, lloró.
No con lágrimas discretas, sino con sollozos hondos, desgarrados, de hombre que acababa de recuperar de golpe veinticinco años de verdad. Se tapó el rostro con las manos, encorvado por un dolor antiguo que ya no era físico, sino del alma.
Clara lo abrazó sin pensarlo.
Y él no se apartó.
A la mañana siguiente, Elías salió de la habitación con los ojos más claros que nunca. Señaló el frasco sobre la mesa y escribió:
“Era real.”
Clara asintió.
“Sí.”
Él apretó la mandíbula, tomó el