lápiz y escribió con rabia:
“Todos dijeron que imaginaba el dolor. Que estaba roto.”
Clara sintió que algo ardía dentro de ella.
—No estabas roto —dijo, aunque él no pudiera oírla aún—. Estabas sufriendo. No es lo mismo.
Lo atendió durante días. Limpió la herida, cambió vendajes, preparó remedios con miel y hierbas. Y mientras el oído cicatrizaba, algo empezó a cambiar en él. Primero pudo distinguir vibraciones. Luego algunos sonidos. Después, una tarde en la cocina, Clara dejó caer una cuchara y Elías levantó la cabeza bruscamente.
La había