y encontró a Elías en el suelo, junto a la chimenea, con la mano apretada contra un lado de la cabeza. Tenía el rostro contraído de dolor, la piel húmeda de sudor y el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse.
Clara se arrodilló a su lado.
—¿Qué te pasa?
Él no podía oírla, claro. Pero vio su boca moverse y, con una mano temblorosa, buscó la libreta. Escribió apenas dos palabras torcidas.
“Pasa seguido.”
Clara no le creyó. Nadie que “pasa seguido” termina así, retorciéndose sobre el