la casa.
Lucía volvió a terapia, esta vez con una psicóloga infantil que trabajaba a través del juego. Marta no sustituyó a los profesionales ni a Irene. Nadie intentó convertirla en algo que no era. Pero su presencia se convirtió en el puente que permitía a Lucía cruzar desde el miedo hacia los demás.
Javier también cambió. Redujo viajes, empezó a llevar a su hija al colegio y aprendió a sentarse en el suelo sin mirar el móvil. Descubrió que Lucía odiaba el puré de calabacín, que le encantaban los