cargando bultos de cemento convencido de que mi casa seguía en orden.
—¿Por qué no nos dijiste? —preguntó Verónica, llorando.
Lucía la miró con una tristeza que nos desarmó.
—Porque tú siempre dices que uno tiene que aguantar. Y tú, papá… tú nunca estabas.
No hubo defensa posible.
Entonces pregunté lo que me quemaba desde hacía minutos:
—¿Por qué Nayeli te hace esto?
Lucía bajó la mirada.
—Porque dice que tú arruinaste la vida de su mamá.
Verónica volteó hacia mí.
—¿Conocías a esa mujer?
Me quedé helado.
Sí. Α