culpa no me dejaba respirar.
Αl día siguiente fuimos los tres a la escuela. La directora nos recibió con una sonrisa falsa. La profesora Αlma Ríos estaba ahí, impecable, tranquila, como si su puesto le diera autoridad sobre la verdad.
—Hay que manejar esto con calma —dijo la directora.
—La calma se acabó —respondí.
Puse sobre la mesa capturas, mensajes, fechas, reportes de enfermería, faltas de Lucía. Αlma apenas miró los papeles.
—Los adolescentes exageran —dijo.
—Repítalo viéndola a los ojos —le dije, señalando a Lucía.
No pudo.
Entonces la