un hoyo pequeño junto a un árbol y enterró todo.
—Ya no me controla —dijo.
Yo lloré sin esconderme.
Después fui a ver a Doña Estela. Me abrió la puerta con su bata de flores y su taza de café.
—Vengo a darle las gracias —le dije.
—Yo solo escuché, mijo.
—Usted escuchó lo que yo no pude.
Esa frase me acompañará siempre.
Porque sí, yo trabajaba mucho. Sí, quería que no faltara nada. Pero a mi hija le estaba faltando lo más importante: alguien que mirara de verdad. Αprendí