no debería pedir perdón por tener miedo.
Después vino la toalla.
Era un martes.
La encontré detrás del cesto de ropa sucia, empujada hacia la pared como si alguien la hubiera escondido con prisa.
Estaba húmeda.
Tenía una mancha blanquecina en una esquina.
Olía dulce, casi medicinal, como jarabe mezclado con jabón.
Me quedé de pie en el lavadero demasiado tiempo.
La lavadora seguía zumbando.
Una gota caía desde el borde de la toalla al suelo.
Yo miraba aquella mancha y buscaba una explicación que no me destruyera.
Tal vez