El Secreto Del Baño Que Hizo Temblar A Una Madre-kara

Sentada.

Con el conejito bajo la barbilla y los ojos abiertos, como si esperara instrucciones.

Me senté a su lado.

El colchón hizo un sonido pequeño.

Ella se tensó.

“Cariño”, le dije, cuidando cada palabra, “¿qué hacéis papá y tú tanto tiempo en el baño?”

Su cara cambió.

No mucho.

Lo justo para que yo entendiera que había tocado una puerta que ella había aprendido a no abrir.

Bajó los ojos.

Su boca tembló.

Los dedos se le cerraron sobre la oreja de tela del conejito.

“Puedes contarme cualquier cosa”,