platos rotos en el piso.
Una silla movida.
Y luego vi a Mateo.
Estaba llorando.
Mi hijo casi nunca lloraba.
Tenía varios billetes apretados en una mano.
Frente a él estaba una mujer de unos 30 años.
A su lado había una niña pequeña.
Sobre la mesa había una caja de medicamento, unos recibos doblados y una mochila infantil.
—Mateo.
Giró.
Cuando me vio, su expresión se derrumbó.
—Mamá…
Corrí hacia él.
—¿Qué hiciste?
—Perdón.
—¿Por qué estás pidiendo perdón?
Don Ernesto apareció detrás de mí.
—Porque cree que va