a obligarlo a dejar el trabajo.
Lo miré.
—Usted me dijo que llevaba meses mintiéndome.
—Es verdad.
Señaló el dinero en la mano de Mateo.
—Pero no por la razón que usted imagina.
La mujer se secó las lágrimas.
Don Ernesto continuó:
—Cada sábado le pago 500 pesos a su hijo.
—Lo sé.
—No. Usted sabe cuánto gana. Lo que no sabe es qué ocurre 2 minutos después.
Miró hacia la mujer.
—Mateo le entrega el dinero a ella.
No entendí.
—¿Todo?
—Prácticamente todo.
Miré a mi hijo.
—¿Desde cuándo?