Mi hijo de 13 años llevaba 6 meses lavando platos para comprarse una bicicleta. Una noche lo vi esconder un montón de dinero. Días después volvió cubierto de lodo y con la ropa rota. Entonces su jefe me llamó y preguntó: —Señora, ¿sabe qué hace Mateo con cada pago? Le dije que ahorraba para su bicicleta. Guardó silencio. —Entonces ya es hora de que sepa la verdad.

Don Ernesto soltó el aire lentamente.

—Eso es lo que descubrí hoy.

Fue hasta un pequeño casillero detrás del mostrador.

Sacó un sobre azul grueso.

Lo colocó frente a mí.

—Abra esto.

Dentro había recibos.

Muchos.

Farmacias.

Supermercados.

Una tienda de uniformes escolares.

Fechas distintas.

Durante meses.

En varios aparecía la misma letra pequeña escrita con pluma:

Emiliano.

Camila.

Medicinas.

Renta.

Levanté la vista.

—¿Qué es esto?

Lucía comenzó a llorar otra vez.

Mateo bajó la cabeza.

Don Ernesto señaló los recibos.

—Su hijo no solo entregaba su sueldo.

Sentí